aeropuertos

aeropuerto_madrid

seguramente esto sale en algún libro que no he leído. por ejemplo el de marc augé, que aunque es corto y popular no ha llegado a mis manos. creo que la próxima vez lo traeré conmigo como forma de hacer un ejercicio recursivo de la experiencia.

la nueva terminal de barcelona es igual a alguna de madrid. al estar un par de horas allí por momentos pensé estar más avanzada en mi trayecto. los aeropuertos son lugares que sólo me gustan porque a través de ellos me desplazo, son como hoyos negros, como canales de teletransportación, aunque no… un viaje de 20 horas es uno de teletransportación fallada. no hay inmediatez, sino todo lo contrario. 20 horas de suspensión en estos lugares que no son ninguna parte porque podrían ser cualquiera. estar en tránsito es estar esperando llegar, es estar aun dejando un lugar sin llegar al otro, y mi alma no sabe si pensar ansiosamente en el destino geográfico/emotivo o en el origen geográfico/afectivo. mi corazón está perdido entre fronteras invisibles. afuera del avión está oscuro, pero ¿dónde es noche? ¿dónde son las 4, las 8, la medianoche? ¿cuándo es la hora de comer, de dormir, de cagar? un cuerpo en suspensión, junto a 240, 320, 580 cuerpos más en suspensión moviéndonos en la fauces de esta gaviota enorme de metal y petróleo. qué romántico parece aunque podría estar hablando de la segunda guerra mundial. pero aquí cada persona trae su mochilita llena de celulares, computadores, ramitas de semana santa, recuerdos del duty free, conocimientos nuevos.

intento recordar el aeropuerto más particular que haya pisado. no se me viene nada a la cabeza, ninguno más que arturo merino benítez en septiembre de 1985, porque ahora ya es como el de madrid, o el de barcelona, o el de parís.
estos aeropuertos cada vez se parecen más a un gran centro comercial. los desplazamientos internos entre una terminal y otra tardan fracciones de hora cada vez mayores, pero las distancias están llenas de tiendas o espacios vacíos, incluso eriazos (seguramente de alguien que no quiso vender su terreno, o algunx que intentó venderlo muy caro). para atravezar estas distancias existen servicios de transporte especialmente destinados. autobuses, trenes, escaleras mecánicas, ascensores. cuántos sitios de consumo, cuánto dinero habrá aquí cada día, cuánto fluye, cuánto vale toda esta gente que pasea con sus maletitas, sus ordenadores y sus hijxs. cuánto combustible utiliza este shuttle y cuántos perfumes venden cada día estas mujeres jóvenes y marchitas de venir cada día en transporte público hasta la periferia de sus ciudades, o quizás no son siquiera suyas y ellas son los satélites provinciales de un estado mayor.
cuánta distancia, combustible, perfumes y líneas telefónicas se gastan, se producen para crear este flujo de capitales y personas.
intento imaginar un aeropuerto cuya infraestructura fuese austera, algo precario (de seguro sería algo más elegante) y no esta grosería de neón llena de chocolates, souvenires, litros de alcohol, kilos de tabaco. intento imaginar un aeropuerto orgánico donde no existan pasaportes ni nacionalidades, donde yo no sea un bulto cargado de amor y de odio cuyo peso es transportado y operado por una trasnacional que le desea un buen viaje a una contando las monedas que lleva en el bolsillo, o el color del pasaporte, o el color de la carne joven o vieja.

One thought on “aeropuertos

  1. A mí me gustan los aeropuertos porque me obligan, ya que soy pobre, a pasar mucho tiempo sin hacer nada. Y cuando me aburro, cuando soy forzada no sólo a la inactividad sino al aislamiento (no me gusta observar lo que sucede a mi alrededor en los aeropuertos, me da náuseas), es cuando escribo mejor, me suele asaltar una inspiración siempre cargada de una fuerza extraña, como si necesitara desentenderme del resto de mi especie y sus actos y sus arquitecturas y sus prácticas para decirme a mí misma la ilusión de «eres mejor, eres única».

    Desde luego un aeropuerto orgánico no me produciría este tipo de sensaciones, quizás tampoco me aburriría.

    Te beso,
    Diana

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