ley de murphy

pago el piso. pago el piso zombie humanoide, a las 6am desarmando una fila, va la policía y me pregunta que a dónde voy. a parís, digo. ¿me enseña su documento de viaje, su dni?. no tengo dni, tengo nie. ¿de dónde es usted?. de chile. pues no parece, parece de aquí (como quien dice no se le nota lo sudaca señorita, si usted está más alta que yo). las apariencias engañan digo, conteniendo a la india que se me asoma por la garganta, esa misma que no se me nota, yo.
eso sí, la policía es más joven. aunque lleve pistola y una gorra que amenaza con taparle el maquillaje. y yo sin maquillaje, sin dni, sin sus armas ni su encantador acento murciano.
con mi pasaporte y mi nie se aleja unos 3 metros mientras termino de ponerme el cinturón. pronuncia mi identidad en números y del walkie talkie una voz metálica pronuncia mi nombre completo (como cuando me casé, como cuando apareció en el diario mi puntaje de selectividad). vuelve a mí y yo muda. copia mis datos y escribe «código violeta» aclarando que esto es una práctica rutinaria, su trabajo, que revisan mujeres solas y con niños. luego cambiando el tono agobiado exclama ¡vaya cinturón! (ella sí sabe lo que es «chominos», lo sabe mejor que yo que olvido la palabra adoptada de adulta. los adultos aprenden más lento, ella nació con eso).
creo que ya estamos. creo mal. me solicita acompañarla a un privado, pero se complica la cosa porque no hay ningún segurata que pueda acompañarla. parece que tiene que ser una mujer. no sé por qué alguien debe acompañarnos. luego la imagino follándome con la porra en el cuartucho policial. la imagino amenazándome para que la bese, comiéndome el coño mientras me apunta con su pistola entre los dos ojos. creo que ya sé por qué nos tiene que acompañar un segurata…
en el pequeño cuarto la policía se sienta mientras la otra me toca desde la cabeza a los pies, luego lo mismo pero por atrás. entonces saco pecho y cadera, saco mi lengua lasciva y levanto los brazos en forma de triángulo. el vapor de mis axilas me chupa la cara, pero nadie lo nota. revisa mis zapatillas como si dentro guardase oro. le toca a mi mochila.
¿esto es normal? pregunto, nunca me había pasado. «siempre hay una primera vez» responde ella con toda la convicción que la gran sabiduría profunda del policía puede darle.
desparramo calzones y camisetas. saco el computador: esto soy yo. abro la bolsa y dejo caer todo su contenido en una bandeja blanca. caen restos de tabaco, papeles con mocos, llaves, tickets. cae mi intimidad hecha pedazos, doblada, conservada en una bolsa de tela. hay algo muy violento en ser examinada, todo lo contrario a chupar la espuma que queda acumulada en el borde de la taza del café. hay algo violento en que miren la fotos de la gente que amo, mi madre, diana, vania, malena, que revisen las pegatinas que me acompañan desde hace años. por un segundo mi madre y la policía se miran a los ojos. tengo la cartera llena. 200 euros en billetes de 20. abre la caja de las gafas, con dos dedos coge el paño lleno de mugre que (no) uso para limpiarlas. mira mi tarot, carta por carta, intento explicarle lo que es, pero parezco hablándole al viento. este es su trabajo, ya me lo dijo. abre cada cremallera que pilla hasta que encuentra una cajita rosada con un resto de marihuana. ya está. es lo que quería. intento explicarle que evidentemente no soy más que una idiota. ella sonríe, pletórica, buena chica. por un segundo veo que puede dejarlo pasar. le digo que lo tire, me dice que es su trabajo (hasta cuándo siempre con esto del trabajo…). me pregunta si tengo plantas en mi casa, pero yo ya he perdido la voz. sólo pienso que no debo perder el avión y fantaseo catastrófica con mi deportación absurda por 0,05 gramos de marihuana mientras la tía se ha puesto adoctrinante y compara la legalidad del autocultivo con la ilegalidad del porte aéreo de maría. asiento. sí a todo, pero que quede constancia que soy una imbécil en primer grado. ley de murphy, primera vez que me revisan de esta forma y quiero pensar que es primera vez que llevo marihuana.
lo siguiente es lluvia de policías que van ascendiendo en grado o sueldo, en el resto de cosas son todos iguales. todos sin excepción me indican que esto es su trabajo, ¿entiendes?, y si no lo fuera qué, me gustaría escupirles. hay uno que estoy segura que fuma. creo que les doy pena (porque ni un niño se podría volar con eso), intentan tranquilizarme (porque como mucho será una multa de 300 euros ¡300 euros por ser estúpida! y entonces les devuelvo su argumento laboral: ni con todo lo que trabajaré en parís podré pagar esa multa, 300 euros es mucha pasta para alguien como yo). la evidencia está en manos del policía superior del control de pasajeros. uno de menor rango me pregunta con malicia si voy en viaje de negocios a parís. le quiero decir que sí, que soy puta amateur, y que si quiere me lo follo allí mismo a cambio de la multa. en cambio digo la verdad, que voy a armar un robot. estos, policías todos, ya habrán notado lo friki que soy.
rellenan un formulario que desconocen por completo, se equivocan 3 veces porque confunden el recuadro del denunciante con el del denunciado. insisto en que dejen constancia de que la cantidad «incautada» no alcanza siquiera para un porro. se confían del análisis. les digo que tachen el espacio en blanco, la policía podría poner cualquier cosa (visualizo mi foto junto a las de los más buscados, tráfico de cocaína, atentados etarras o lo que sea. como si fuera una película veo las caras de todas las víctimas de la brutalidad e impunidad policiaca). me dejan un boli, pero me dicen que no es mi deber firmar si no quiero. no quiero. ya está. la policía francesa me hubiese tratado peor. ya está, ya pasó. puerta 31, asiento 30b, voy a parís orly.
el amor, en una de sus expresiones brutas, se manifiesta en el desconocimiento de estar con el objeto/ser amado. es tanta la compenetración que la compañía ya forma parte del propio ser. creo que mi relación con la marihuana ha tocado estos límites.

o parís no es lo mismo de antes o yo no soy la misma. lo más seguro es que se trate de lo segundo. aquí he estado 3 veces: la primera a los 5 años. sólo recuerdo un pan con mantequilla de maní y una ambulancia que se para en medio de la calle de algún suburbio de inmigrantes. es invierno, hay un poco de nieve o todo es tan gris que lo parece. las puertas traseras de la ambulancia se abren. de entre un montón de papel de plata salen las piernas abiertas y desnudas de una mujer que como si cagara un zurullo compacto de 3 kilos y medio, da a luz a un niño. me quedo impactada y el pan se me cae de las manos. esta historia nadie nunca me la ha creído. lo normal es que lxs niñxs vean partos de perros, gatos o conejitos. mi anormalidad se viene dibujando desde mis primeros años: el único parto que he presenciado en mi vida ha sido el de una árabe residente en la periferia de parís.
la segunda vez que vine fue apenas llegar a barcelona. estuve una semana planchando museos, recuperando las imágenes que venía estudiando desde hace años en reproducciones baratas de libros desteñidos. estuve con la comunidad chilena, me agarré a besos con uno de un grupo de rock que yo admiraba 10 años atrás, me colé en el metro y sobretodo, consideré que parís era una tierra podrida. el olor a cloaca, a desagüe, las ratas caminando por cualquier parte, este color a cucaracha que tenía todo, las iglesias quemadas. para mí todo aparecía como la decadencia rotunda del primer mundo, su muerte. cuando salí por segunda vez del louvre perdí mi reloj. me di cuenta que las reliquias del arte occidental eran literalmente una pérdida de tiempo, aunque tengo que reconocer que aunque lo sepa con convicción, sigo hoy considerándolas un fetiche.
la tercera vez ha sido esta, la murphiana. además de que me sorprenden portando marihuana, mi vuelo de regreso es cancelado por una tormenta de verano en barcelona. como se trata de razones meteorológicas la compañía no responde ni por el café del desayuno. recurro con éxito a la solidaridad del pueblo chileno, siempre presente (como una plaga) en cualquier parte a la que vaya. hoy son las «fiestas patrias», hoy tengo que estar en barcelona y pintarme el pelo de rubio ceniza y explicar mañana o pasado aquí mismo de qué se trata, y enseñar lo mal que me queda, y reirme más de mí misma. parís sigue igual que hace 6 años, sólo que yo ya me he acostumbrado al olor a podrido.

One thought on “ley de murphy

  1. hola, acabo de abrir ese blog al público, así que ya no hace falta que te invite, por si lo quieres mirar de vez en cuando.
    saludos

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