el ego ya pasó de moda (aborto I)

hace un tiempo me llegó un mail de la negra invitándome a colaborar con la introducción para un manual de aborto. lo que más me gustó de la convocatoria fue este párrafo:

La idea es hacer con todas vuestras ideas una editorial donde devinamos manada y destruyamos el ego, es decir no es como poner una cita y el nombre del autor/a … vamos pal 2012 y el ego ya paso de moda…

durante la última semana me encontré con estos dos videos:

y envié este esbozo hippie y comunitarista sobre el aborto, que creo será un tema en el cual, tal como en los últimos días, estaré pensando este año.

aborto I

hay aborto voluntario e involuntario. el voluntario es como hacerse un tatuaje, el involuntario es cuando te pasa algo sin que te des cuenta, a mí una vez se me rompió un diente. tatuaje o dientes rotos. los abortos no deseados pueden venir bien, mal o sin constancia del hecho. supongo que estamos hablando aquí de aborto deseado.

pensar en aborto no sé por qué se vincula a la maternidad si se refiere a exactamente lo contrario.
la maternidad no es considerada una patología, aunque muchas veces se comporte como tal.

cuando estuve embarazada nunca pensé en tener un hijo. sólo pensaba en lo que quería hacer en mi vida, en los maravillosos planes para los que me estaba reservando. dejar de estar embarazada fue eminentemente un alivio.

cuando aborté me dolió tener que entregar mi cuerpo a personas que no conocía. sé que un cuerpo es sólo un cuerpo, es una interfaz, y también parte de un dispositivo completo, que no acaba en mi propio cuerpo que está expandido en todas las moléculas que respiro, toco o interactúo energéticamente.
cuando aborté entregué mi cuerpo y 300.000 pesos en efectivo a 6 manos que no conocía, que desconocí en su cutex rojo, en sus toqueteos extraños. fuí a un lugar también desconocido, junto a una persona que me llevó en un auto conducido por alguien que no vi.
estos abortos son cicatrices en todos nuestros cuerpos.
mientras me realizaban la intervención, estando yo totalmente sedada, le pedí a las personas que estaban allí que me guardaran todo lo que estaban sacando. quería hacerme un collar. en práctica quería ser la dueña de mi experiencia, en mi imaginario cosificada, fetichizable, susceptible de ser manipulada artesanalmente, como una semilla o un hueso. lxs interventores me dieron por loca.

luego estuve rodeada de personas que me apoyaban en mi autoderminación y que confiaban en mis deseos, de alguna manera personas que sentían y hacían suyo mi cuerpo deseante en su intención. hicimos una fiesta.
hubiese sido muy feliz si toda esa gente me hubiese podido acompañar en mi aborto, un aborto do it yourself. me hubiera gustado saber hacerlo, tener las herramientas y poder descapitalizar mi cuerpo sacándolo de esa nube de mercado negro y clandestinidad.

el disruptor de ondas cerebrales de minipimer.tv

*este texto tiene mayúsculas porque fue publicado en la web de minipimer.tv

El placer intenso que se siente al manejar las máquinas deja de ser un pecado para convertirse en un aspecto de la encarnación. La máquina no es una cosa que deba ser animada, trabajada y dominada, pues la máquina somos nosotros y, nuestros procesos, un aspecto de nuestra encarnación. Podemos ser responsables de máquinas, ellas no nos dominan, no nos amenazan. Somos responsables de los límites, somos ellas.

Quizás los parapléjicos y otros disminuidos físicos puedan (y a veces lo hacen) tener las experiencias más intensas de compleja hibridación con otros artefactos para la comunicación.

Donna Haraway, Manifiesto cyborg

La disrupción, que es inherente al arte, nos exige que hagamos derivar, derribar o colapsar las definiciones y las subjetividades existentes, con el fin de poder seguir aprendiendo qué somos y qué es la naturaleza; aprendiendo que uno puede abrir su trabajo artístico a un tipo de proyecto diferente, el cual puede determinarse —tanto en secreto como públicamente— entre nosotros mismos y otros. Se trata tanto de rehacer lúdicamente nuestro trabajo, como de rehacernos a nosotros mismos y a nuestro contexto social.

Doug Ashford

Este artefacto es parte de los resultados de un bloque de investigación que hemos denominado “Telepresencia, comunicación interespecies e internet de las cosas” y al que daremos continuidad a lo largo del 2012. Es por el momento un bloque inconcluso ya que la premura por obtener ciertos resultados en función del taller de telepresencia organizado por Hangar, ha obligado a acelerar el proceso en ciertos ámbitos y tener que aplazar otros. La comunicación interespecies se queda como un facto pendiente, y finalmente por ignorancia, velocidades o coincidencia la única especie con la que nos hemos comunicado es la maquínica, si es que puede considerarse una especie (*disgresiones en torno a la ciencia ficción).

En principio este disruptor nace como reflexión en torno a la comunicación, a la interacción humano-máquina (y a su posible interacción con otras especies a través de sensores), un cuestionamiento a las estrategias de reproducción de la realidad, una crítica al realismo mimético y a la aproximación racional que se utiliza al emular un espacio diferente, una búsqueda por alcanzar las profundidades del cerebro a través de una retórica de lo maquínico o de lo electrónico.

Me gustaría centrarme en algunos aspectos que detona el disruptor y que pueden tener sentido en la discusión sobre telepresencia (si es que esta discusión tiene sentido). El primero tiene que ver con su posicionamiento paródico en torno a la ciencia y a la tecnología, un aspecto recurrente en el trabajo de minipimer.tv. Se trata de la apropiación de mecánicas de la tecnología transpuestas a un contexto low-fi, se trata también de utilizar una legitimación científica a modo de juego, quitándole peso a su veracidad. Es una imitación burlona de la arrogancia científica a partir de un posicionamiento aturdido y có(s)mico. El disruptor en este sentido puede ser considerado un artefacto de operatividad científica (de una línea que igualmente se desplaza de los centros de poder hegemónicos ya que recurre a una versión hippie de la ciencia) pero que en su propia constitución pone entre comillas la palabra ciencia.
El disruptor de ondas cerebrales es un aparato de parodia científica, un dispositivo casero de tecnología absurda e inconducente.

Un segundo punto importante es el que tiene que ver con los estímulos audiovisuales que, en este caso, transportan a otra realidad o que reniegan de la mímesis realista clásica. Cuando nos introducimos en un ámbito de comunicación o (lo que es mucho más preocupante) cuando estamos hablando de pura creación, las estrategias de representación reproducen de manera recurrente la realidad que compartimos como espacio común de convención. Reproducen el sentido común, donde una silla es una silla, un hombre es un hombre y el frío se siente como tal. Es el mismo espacio donde lo negro remite a una oscuridad poco aconsejable. El disruptor propone un arsenal de estímulos audiovisuales que exceden y eluden este espacio de convencionalización ideológica y formal, erigiéndose apenas como una mera fuente de imagen y sonido abstracto que, en coordinación con el sonido binaural, genera una especie de estado bruto del audiovisual.

El tercer aspecto a destacar ante la presencia del disruptor es la versatilidad en las modalidades que propone. El artefacto cuenta con posibilidades de uso diversas, como la experiencia colectiva total, la utilización por pares, tríos o cuartetos, o su versión onanista/masturbatoria. Incluye lo anterior el uso compartido a distancia a través de sensores que emiten datos mediante la red, uso que permitiría una comunicación humana, maquínica, animal, interespecie. A su vez cada experiencia se puede controlar de manera generativa, prefijada (impuesta por la máquina o por otra entidad) o simultánea (por la misma usuaria u otra en tiempo real).
Para cada una de estas versiones los dispositivos de hardware y software deben ejecutar una coreografía distinta, por ejemplo: en la experiencia colectiva total es el patch de pure data el que genera una secuencia prefijada (o paralela, si el control a través de los sensores y parámetros en juego es en tiempo real) que se aplica a un grupo de personas a través de altavoces y proyección video. Si bien no resulta lo suficientemente inmersiva la situación (*mejorable a futuro), este uso tiene la ventaja de suponer grados de empatía en esta suerte de rito tecno-narcótico en el que todas las participantes buscan una alteración de los estados cerebrales. En el ejercicio que realizamos acompañamos la sesión de una narración que se encargaba de indicar las directrices de los estados propuestos. Podemos decir que fue un experimento exitoso a la vez que escalofriante.

En la utilización por pares, tríos, cuartetos u orgías, se utiliza el disruptor con su hardware especialmente diseñado, esto es, un casco dotado de 3 leds interiores y 9 exteriores y unos auriculares ensamblados, y una caja controladora con 4 potenciómetros injertados a un arduino que a su vez se dirige a través de pduino a un ordenador que contiene el mismo patch de pure data anteriormente citado. (How to en: http://www.minipimer.tv/?p=1457).  En esta función la persona sometida a las frecuencias disruptivas no controla los impulsos que le son impuestos. Hay confianza y un atisbo de S/M mediado por tecnología cacharrienta.
En la versión onanista/masturbatoria es la propia usuaria la que define el devenir de su secuencia, así como la duración y el espacio contextual. Se trata del mismo hardware descrito unas líneas más arriba, sin embargo en esta opción es el usuario quien define, a partir de su propio deseo, cómo los potenciómetros moderan los outputs. Funciona en tiempo real.
Cada una de estas opciones, tal como se enunciaba antes, permite ciertas combinaciones, como por ejemplo, que el onanismo se rompa a partir de que el control de los outputs los ejecute una bacteria que transmite datos a través de un sensor microscópico, o de que se programe una secuencia intencionada con anterioridad.

El artefacto “disruptor de ondas cerebrales” ha significado un proceso semitortuoso para unos resultados lúdicos que aún son indeterminables debido a que se trata recién de una primera versión. Como primera aproximación hemos podido reconocer su potencial empático, lúdico y experimental. El cerebro se vuelve material maleable, y la fe en el aparato la saliva que lo alimenta.  Valdría la pena quizás parafrasear a Pierre Agustin de Beaumarchais que ya en el siglo 18 sostenía que cuando un disruptor no hace daño deberíamos alegrarnos y no exigir además que sirva para algo.

deporte, cuerpo, gimnasio y mi desamor por las endorfinas

lo más insólito que me ha pasado en el último tiempo es el gimnasio.
un ataque de rabia almacenada durante más tiempo de lo que es recomendable me llevó a un estado de suma fragilidad, donde hube de interrumpir incluso trayectos producto de la ira que frente a mis ojos ponía lágrimas, y en mis manos, tensión.
nunca pensé que mi autopreservación me llevaría a una resolución tan saludable, aunque su salubridad ya es algo que en sí mismo me parece desconfiable.
el deporte, eso tan incómodo…
siempre fui una niña vinculada a las humanidades. entre los 8 y los 10 años tuve una estable carrera política siendo reelegida presidenta de curso por más de 5 períodos consecutivos. a los 14 años publicaron un texto mío en el periódico de mayor circulación nacional. digamos que el deporte no nos venía bien en la familia, mis padres estudiaron durante casi 15 años en la universidad (que no acabaran la carrera es un detalle que otro día explicaré), y se nos daban mejor las discusiones de sobremesa que salir a jugar con el cuerpo. mi padre hasta el día de hoy no sabe nadar. durante los últimos 3 años de educación escolar estuve exhimida del ramo de educación física a través de un certificado médico expedido por una siquiatra amiga. certificaba que hacer deporte en ese contexto me producía una angustia incontrolable y que lo mejor era dejarme tranquila y sentada, leyendo. como no tenía problema de calificaciones, y la asignatura de deportes era, por decir lo menos algo suntuario, nadie dijo nada. seguí manteniendo buenas notas a fuerza de intuición (no recuerdo haberme sentado jamás en casa a estudiar), fumaba porros todo el día y me dejaba llevar por mis impulsos que en el colegio alternativo en el que estaba se valoraban como «capacidad de opinión». hacía fanzines, escribía poesía, fumaba los cigarrillos más baratos del mercado (que como un chiste de mal gusto se llamaban «life») y como mucho iba a yoga o a clases de danzas tropicales (sic). nunca me gustó el deporte. ni ante las súplicas del entrenador de volleyball que veía en mí un cimiente para el equipo. lo intelectual además se me quitó al rato, a los 16 me gustaban las raves. mi cuerpo reventaba, la adolescencia me impuso un par de tetas que no cabían en las camisetas, mi cuerpo tenía sus proporciones, la carne, como la de toda adolescente, estaba dura, compacta. comía helado cada día, desayunaba avena, una mezcla entre lolita y yegua. el entrenador de volley me declaró que se había pasado la fruta y en esa época, o un poco antes, comencé a andar en bicicleta. creo que ese ha sido el único aparato con el que he congeniado mover el cuerpo, en vistas de su utilidad. y el sexo, cuya frecuencia se incrementaba con el paso de los años, haciendo pausas con las relaciones estables (de más de un año).
mi relación con el deporte en realidad nunca sucedió. minada por la ideología, siempre me pareció que su práctica se basaba en la competencia y que por ello era algo deleznable. mis áreas de combate no serían nunca una cancha de fútbol o un campo de golf. me negaba al pantalón de buzo, prefería las ligas del lenguaje, las medias de encaje, el autostop.
parecíame algo superficial, carente de sentido, una pérdida total de tiempo. lo mismo con el deporte como modo de mantener el cuerpo sesgado a una proporción. siempre me supe desproporcionada, desaforada, excesiva.
hice un par de intentos con la piscina. en general tras períodos de crisis, al acabar la carrera por ejemplo. ingresaba a la pileta de cloro con menos entusiasmo que el de un funcionario, era más una súplica, un mandato, una especie de práctica que corroboraba el sinsentido general que tiene toda la existencia tras haber acabado 4 años de dedicación a un tema, en mi caso, la irracionalidad artística, un absurdo.

es que hay que superar los 30 años, como si fuese una carrera de obstáculos vital, para encontrarse con eso de lo que hablan. o no. o aprender a repetirlo, a repetir las cosas que dicen aquellos que hablan. dopamina, adrenalina, endorfinas. ciencia y alarde.
desde hace 15 días que voy al gimnasio a diario. es una terapia, de shock. no practico una rutina específica, pero me he divertido más con las máquinas de ejercicio aeróbico. que con el agua (he acabado usando sólo el hidromasaje a modo de gratificación).
he de decir que el gimnasio es un lugar absolutamente individualista e incómodo. ya es incómodo estar sudadx, rojo y al borde de la asfixia si no es en el contexto de un buen polvo, pero estar rodeadx de gente en la misma situación y sin vinculación alguna, resulta casi inaceptable. es absurdo también tener que pagar por ir, siendo que cada persona que asiste produce una enorme cantidad de revoluciones por minuto evidentemente aprovechables para la producción energética. no es justo que los ríos y las minas tengan que producir esa cantidad desmesurada de energía que necesitamos para encender todos nuestros aparatos. no es justo que haya que cargarse la naturaleza salvaje a cambio de alimentar un teléfono o encender una lavadora. no es justo que las miles de revoluciones por minuto que he producido en 15 días se vayan a tomar por culo y sólo sea yo quien pueda aprovecharlas a modo de endorfina. que me gustaría poder además cargar el router y el ordenata, no es mucho pedir. pero no sucede lo lógico en ese espacio de amaestramiento corporal, y pagamos cuotas (no muy altas) para el dispendio energético general. tampoco es de extrañarse, ya tenemos hábito, en esta cultura pagamos por gastar, gastamos para ser pobres y trabajamos para pagar nuestra pobreza.
otro aspecto que me resulta bastante inaceptable es el hecho de la nula sociabilización. lo digo porque sé cuánto cuesta aglomerar personas con un fin común. no entiendo por qué no se practica el movimiento a través del juego, de la interacción. en el gimnasio cada unx está con su máquina y quizás una prótesis auditiva extra, para amenizar. es cierto que a ratos me falta el aire y hablar no es precisamente lo que más me gustaría hacer, pero sin duda preferiría levantar a una persona que a un montón de metal con un número impreso, actividades lúdicas me hacen falta. preferiría fabricar chapas que dejar mi fuerza desperdigada por ese suelo limpiado por un ecuatoriano que mira con rabia cada una de las máquinas, preferiría hacer mil cosas con mi fuerza y mi energía y mis revoluciones por minuto. preferiría. por cierto, la palabra gimnasio viene del griego «desnudez».

(debo reconocer que ahora sí percibo los efectos de la agitación sostenida, una hiperkinesia un poco extraña, quizás manifiesta como impaciencia y sosegamiento a la vez, un poco de descontrol con la musculatura, con la actividad, mucha sed, alegría general, restitución energética, abolición del cansancio y la apatía, pero nada muy concreto. sensación de normalidad a ratos, de reencuentro, yo creo que es testosterona y nada más).